El mundo de la alta costura, un talento único y una biopic que se pierde en su propio laberinto

mayo 30, 2021

La miniserie «Halston» recrea en cinco capítulos la vida del audaz diseñador estadounidense. Muy buena actuación de Ewan McGregor y tropiezos en el guión.

En cinco episodios de una hora, la serie Halston se propone contar más de tres décadas en la vida de un joven diseñador de sombreros estadounidense que devino en el impulsor de un estilo innovador de ropa y accesorios a escala mundial. Con Ewan McGregor en el rol protagónico, se presenta a Halston como un sujeto creativo, egocéntrico, por momentos interesado y con una personalidad adictiva. El punto de giro de la historia es cuando conoce a una joven Liza Minelli (Krista Rodríguez), con quien forja una entrañable amistad que de algún modo la lleva a ocupar el lugar de su musa inspiradora. Ambos transitan por entonces los mejores años de sus carreras, y desde allí el relato apela a las huellas de lo real: referencia películas, premios, eventos de moda y personalidades de la época.

El rol principal es tan potente como para ocupar cada escena y que todos los conflictos que se abran se relacionen con su persona. Los problemas económicos, la pérdida de su marca ante un emporio y su vida sexoafectiva son tópicos centrales en el hilvanar de los capítulos. Un personaje clave es entonces David J. Mahoney (Bill Pullman), un empresario que compró su marca y oficia por momentos como un consejero y jefe, al tiempo que intenta encauzar en la creatividad la turbulenta vida de Halston.

Las audiencias construyen simpatía con los personajes que más se les parecen y, en el mejor de los casos, empatía con los más lejanos. En la primera tiene lugar el sentimiento, en la segunda la comprensión. En Halston es complejo y por momentos insuficiente el desarrollo interno del personaje, no logrando quizás grandes niveles de identificación. Esto no se debe a las actuaciones, que son de hecho lo mejor de la serie, sino la poca focalización en dimensiones sentimentales. Las vueltas en flashback a la perturbadora infancia del diseñador, por ejemplo, no logran potenciarse y encontrar cauce en el presente del relato.

Desde esta producción se pueden pensar algunas características ya constantes en el subgénero de las biopic, un formato reiterativo y a la vez siempre novedoso, con creciente éxito en las plataformas. En general interesa una narración de la vida de los famosos para espiar el lado que los propios protagonistas no mostraron ante la prensa o para verificar si la ficción se hace eco y refuerza rumores alrededor de estos ídolos lejanos. En ese contexto, se explica el furor por series sobre Luis Miguel, Diego Maradona o la reina Isabel. Pero qué sucede cuando los sujetos representados en las biopic no son grandes celebridades sino destacados sujetos en su profesión pero ya olvidados. En este sentido, a diferencia de la aclamada American Crime Story: el asesinato de Gianni Versace, la producción sobre Halston oficia también como arqueología de una historia y presentación de una vida interesante que tiene como trasfondo la potencia de ser basada en la realidad. Allí el subgénero juega en el terreno que mejor lo define y, por lo tanto, le queda más cómodo: como la más lograda síntesis entre ficción y documental.

Como toda biopic, Halston también oficia como impronta de una época, cuando muestra de manera vertiginosa los años sesenta, setenta y ochenta. Desde allí, no solo debe asentarse en estéticas, músicas, colores y ambientaciones, sino también en la representación de figuras conocidas del ámbito de referencia. Habla de la experimentación con drogas para entonces novedosas, de lugares emblemáticos como el Studio 54 en Nueva York y, por supuesto, de signos de moda en cada una de estas décadas. Allí aparece todo el tiempo como un personaje protagónico la polifacética Liza Minelli, como también modistos como Oscar de la Renta o Calvin Klein, entre otros. Claro que los mayores guiños y excentricidades serán valorados por quienes más conozcan sobre el encriptado mundo de la moda.

La actual edad de oro de las series se caracteriza por su innovación audiovisual en guiones potentes, personajes memorables y entretenimiento asegurado. Pero ¿qué sucede cuando las producciones de plataforma recurren de manera reiterada a historias de vida de celebridades para seducir a sus audiencias? Será el fin de la imaginación superficcional o, por el contrario, la puesta en valor de la realidad como usina inagotable de relatos interesantes, en definitiva, para la condición humana. «


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Leo Murolo

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